martes, 16 de octubre de 2012

Se avecina la noche


Cuando se avecina la noche, unos brazos largos se apoderan de mi cuerpo. Lo manejan a su antojo, paseándolo entre  calles desiertas y silenciosas, entre parques oscuros y apagados. Lo manipula como un ventrílocuo maniobra con su triste muñeco.
Suspiros penetran en mis oídos, hechizándome. Mis ojos se convierten en grandes cavidades oscuras, reflejo de lo que se introduce lentamente en mi interior.

Dos almas se baten en duelo. Una danza como un cisne, blanco y celestial, mientras la otra, aguda como un felino, ataca lentamente. Ataca de frente, con golpes silenciosos, mediante discretos movimientos. Luchan de forma incesante, una con destellos de esperanza y otra con lágrimas negras.

Mientras, mi cuerpo se apaga lentamente. Camino con la mirada perdida, sin ver nada, porque todo carece de luz.  Lluvia desciende del cielo, calando cada uno de mis huesos, mientras truenos retumban por el espacio.

 La tormenta se produce al compás de mi lucha interna. En el exterior, el agua cae agresivamente, como si quisiera dejar marca en cada una de las baldosas del suelo. En mi interior, el agua se desborda entre los poros de mi piel y las cañerías del baño se atrancan.

Ahora  mi cuerpo yace en el frío mármol del suelo. La lucha ha terminado pero no se quien ha vencido.

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